lunes, 28 de septiembre de 2009

Elly

Elly y yo nos conocimos el primer día de carrera. Yo llegué tarde y casi no había ya sitios libres. Tuve que sentarme a donde pude, y allí a mi lado estaba Elly. Éramos muy distintas -y seguimos siéndolo-, pero el hecho de no conocer a nadie nos unió. Y poco a poco, a pesar que fuímos conociendo a gente mucho más afín, nos hicimos amigas. Cada una con su grupo, pero amigas también nosotras. A día de hoy es una de mis mejores amigas.

Definirla, cuesta. De hecho, definir a todo el mundo con unas pocas palabras, es imposible. A primera vista Elly es pija. En apariencia y en el fondo, es pija. Eso es indudable. Incluso habla como los pijas, de una forma afectada y con una voz muy nasal. Pero incluso a eso se acostumbra uno y lo que al principio era extraño ahora ya ni se nota. Para mí, viste aburrido. De marca, con ropa cara, pero aburrido. Se comporta siempre como "toca", y es raro verla desatada, salvo cuando se pasa con la coca. Porque, como ella dice, "en el entorno en que se mueve" eso es lo normal. Yo no soy de su entorno. Soy una excepción.

Supongo que siempre lo ha tenido todo muy fácil. Tener dinero no asegura la felicidad, pero hace la vida mucho más fácil. Yo creo que Elly no es tan feliz como quiere aparentar, pero siempre ha vendido una apariencia y sigue queriéndola vender. Tiene una apariencia frágil, y la potencia. Se comporta como la niña mimada que siempre ha sido. Hay veces en que creo que no quiere crecer y que "juega" al juego de la pobre niña rica.

Fuí yo quien le presenté a Martín. Y nunca hubiera creído posible que pasaría lo que pasó. Se enamoraron, pese a lo diferentes que son. No sólo por la diferencia de edad, ni porque Martín es un poco bruto y porque, por mucho que se quieran, ni él ni ella van a cambiar. Y se casan el 14 de noviembre. Así, sin convivencia previa ni nada. Porque los padres de Elly no lo ven bien.

Yo, cruzo los dedos.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Rum-rum

Al final ayer hablé con Javier. Me lo llevé a desayunar. Él no quería, pero insistí. Es difícil hablar con él, más que nada porque no escucha. Razonar no es lo suyo tampoco. Me aseguró que él no había dicho nada del fin de semana. Que si la gente dice eso de mí es por mi manera de vestir y porque si tengo este trabajo es que tengo otros méritos que no tienen nada que ver con mi capacidad profesional. Toma ya... Evidentemente, no me lo creo, que él no haya dicho nada. Intuí que lleva muy mal que una mujer más joven que él le “mande”. Y de aquí su actitud gilipollas, siempre a la defensiva y plagada de comentarios que están completamente fuera de lugar. Dejemos de lado que es un auténtico incompetente...

Luego hablé 5 minutos con todo el equipo. Les comenté que me habían llegado los rumores que estaban circulando. Y que, aparte del hecho que había vuelto a trabajar en un bar los fines de semana, no había nada más. Les dije donde estaba el local y, para mí, asunto zanjado. Marta, la administrativa, ha estado allí más de una vez. “Y ni barra americana ni leches”. No tengo intención de dar más importancia al asunto de la que tiene en realidad. Sé que mi empresa es grande, y que seguramente se seguirá hablando y comentando, pero al final el tiempo se encarga de poner a todo el mundo en su sitio. Sólo espero que mis jefes no me llamen al despacho para “preguntar”. Aunque preferiría que me preguntaran a que se añadieran al rum-rum.

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Hoy me ha despertado un mensaje al móbil. Era Marc. Y es extraño. Nos vemos de uvas a peras. Y nunca hemos sido de vernos con demasiada frecuencia. Yo sé que está casado y que tiene dos críos. Imagino que tiene alguna aventura más, que debe ser su plan A. Y me da completamente igual. Y él sabe que yo estoy con Marcelo.

Y hoy estoy con Marcelo. Ha venido hace un ratito, con una bolsa de cruasanes recién horneados y el periódico de hoy. Adorable. Hoy no trabaja, y mañana tampoco, y tenemos nuestros planes. Ir a comer una buena paella a la Barceloneta. Pasear cogidos de la mano. Disfrutar de Barcelona, que sólo es Fiesta Mayor una vez al año. Y, sobretodo, estar juntos, que últimamente nos vemos más bien poco.

Conclusión: que se espabile Marc. Si hoy le falla el plan B, que se busque un C.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

En mala hora

Sabía que traería cola, y la cola ya está aquí. En mala hora coincidí con el baboso de Javier el sábado por la noche. Luego dicen que somos las mujeres las que malmetemos, criticamos y demás. Ja. Me río. Vale que a veces somos auténticas brujas para con nosotras mismas, pero os aseguro que Javier está en una categoría bastante por encima.

Cuando he llegado hoy al trabajo he coincidido con Jorge en el ascensor. Jorge es quien ocupaba mi sitio antes de que yo llegara. Y fue él quien, durante dos semanas, me estuvo formando. Estuvimos todas las horas juntos y o nos llevábamos bien o nos matábamos. Cuando entré, él estaba mosca. Yo sabía que se marchaba porque estaba harto, y había conseguido un traslado dentro de misma empresa. Y estaba ya tan harto que no quería formar a nadie. Como que ya ví el percal, hablé con él. Y bien. Nos entendimos muy bien.

Pues eso, que hoy me he encontrado con él en el ascensor.

- Ishtar, ¿tienes 5 minutitos para un café? Me gustaría hablar contigo. Nos vemos a la máquina del piso de arriba, así estaremos más tranquilos.

No sé por qué, pero he intuído qué quería decirme.

- Mira, eso es un poco violento para mí. Yo creo que en su tiempo libre cada uno puede hacer lo que quiera, pero por lo que sé de tí, me han llegado unos rumores un poco raros que no me acaban de cuadrar y creo que tienes que saberlo.
- ¿?
-Lo suelto y ya, ¿eh?: se dice que trabajas por las noches en una barra americana, en top less, y bueno... ya sabes, que aceptas dinero... Que Javier te vió el sábado.

- Javier me vió el sábado, trabajando en el bar de un amigo. Si él, que iba borracho perdido, no recuerda lo que vió y su imaginación le ha hecho una mala jugada...

- Inténtalo atajar. Habla con él muy en serio. Y ármate de paciencia, porque la rumorología está trabajando a gran velocidad. Y no te hundas. Ten por seguro que deben controlar ya tus idas al lavabo por si te drogas o vete a saber...

- Imaginé que algo así sucedería... Gracias por decírmelo.

- Ya ves, no es nada... Por cierto... ¿dónde está ese bar?

Tengo que hablar muy en serio con el imbécil de Javier. Y creo que haré una breve "reunión" con mi equipo de trabajo. Para intentar poner las cosas en claro. Pero estoy algo tocada, la verdad.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Lista del fin de semana

Me gusta hacer listas. Pero es que, además de gustarme, no puedo evitarlo. Llevo siempre encima una libretita con las tapas encuadernadas en piel, que compré en una librería de Praga, y allí lo apunto todo: mis cuentas que no salen, la lista de la compra, los libros que he leído o que quiero leer, las películas que me recomiendan, visitas al médico...

Este fin de semana ha dado mucho de sí. Igual demasiado. Y contarlo bien sería muy largo. Supongo que habrá temas que, como un boomerang, irán y volverán, y se harán hasta repetitivos. Pero, de momento, me apetece hacer una lista. En este fin de semana:

1. Económicamente, he conseguido capear el temporal. El dinero, ya en mi bolsillo, que gané volviendo a trabajar en el bar de Martín me irá genial para afrontar esta última semana de mes con cierta tranquilidad. Que vengan las facturas que tengan que venir. Además, este próximo fin de semana, volveré.

2. Laboralmente (y me refiero a mi trabajo de verdad), me ha ido fatal. El sábado por la noche fue muy tranquilo. Jugaba el Barça, y eso se notó. La gente llegó, pero era ya muy tarde. Y ya es mala suerte, porque con la de bares y sitios de copas que hay en Barcelona, que Javier, junto con su horda de amigotes borrachos de despedida de soltero, decidiera plantificarse en el que yo estaba sirviendo detrás de la barra.

Ya lo comenté: Javier es un compañero de trabajo que no es precisamente santo de mi devoción. Sobrio, ya no lo aguanto. Borracho, balbuceante y mirándome el canalillo... lo aporrearía. Y si encima, hoy, cuando he llegado al trabajo, resulta que ya todo el mundo sabía qué había hecho yo el fin de semana, pues casi que le cosiría la boca.

Es que no me gusta que hablen de mi, y mucho menos que hagan conjeturas sobre cosas que no importan a nadie más que a mí. Hoy soy la comidilla del trabajo. Y eso durará...

3. Sentimentalmente... Marcelo se comportó. Sí que vino -y estuvo tentado de romperle la cara al imbécil de Javier cuando, borracho perdido, intentó que su mano tocara aquello que sus ojos no podían dejar de mirar (no me hubiera importado demasiado, sinceramente)-, pero vino tarde, cuando el Barça había acabado de jugar. Se sentó con sus compañeros del gimnasio en una mesa, y estuvo allí, tranquilito, hasta que decidieron irse a otro sitio. Cuando yo salí, fuí a donde estaban, y muy bien, la verdad. Ese es el Marcelo del que me enamoré, y no el individuo celoso, posesivo y controlador que asoma de vez en cuando. Estuvimos prácticamente todo el domingo en la cama, y no precisamente durmiendo.

4. A pesar que pasan los años, sigo sin entender a qué coño juega Martín. Se casa con Elly en noviembre, y sigue haciendo el gilipollas. Y él sí que tiene una edad.

5. Creo que hablo siempre de los mismos: Marcelo, Martín, Elly... Son personas importantes en mi vida actual. Y creo que se merecen un post cada uno de ellos. Lo pensaré.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Working girl

Si tuviera que definir mi forma de vestir en unas pocas palabra escogería “variada, alegre, desenfadada y poco formal”. No me gustan los uniformes, ni tener que ir vestida comme il faut. Odio profundamente el término working girl. Cuando llego en las revistas de moda al artículo que, mes tras mes, cae invariablemente sobre las nuevas tendencias para las working girls, me lo salto.

No me gustan los trajes chaqueta, ni las faldas azul marino combinadas con un jersey de cuello vuelto blanco, ni los demás colores oscuros y serios que llevan mis compañeras de trabajo (y todas mis amigas oficinistas). Ni los zapatitos salón “cómodos” de medio tacón que llevan también muchas ellas. No me gustar ser –ni parecer- el clon de alguien otro que a la vez también es clon de otro.

Ya tuve mi tiempo de colores oscuros, con chaquetas y blusas anchas, pantalones de pinzas rancios y demás. Por fuerza. Fue una época, sobre mis 19-20 años, en que compraba poquísimo, a un precio carísimo, y que encima parecía que iba de mercadillo. Sólo se me acercaban tíos raros –y bastante mayores que yo-, con ideas aún más raras y creyendo que yo estaría desesperada y les prestaría un poco de atención. Estaba harta de oír el chssst chssst tras mí y de ser la eterna “amiga”.

Casi 3 años después, con casi 30 kilos menos, y con toda esa ropa espantosa en el cubo de basura, volví a entrar en las tallas de Zara, Mango, H&M y demás. Con oscilaciones de 3 o 4 kilos, arriba y abajo, no me he movido.

Antes de eso, ya no me gustaban los uniformes. En mi colegio no teníamos que llevar uniforme, pero sí que había el chándal “oficial”, lila brillante, con el nombre del colegio estampado. Era espantoso. Y yo era la única que no lo llevaba. Me negué. No sólo porque no me gustaba, sino porque también costaba 5.000 pesetas de la época y yo, que me sabía la tabla de multiplicar del dos, deduje que era demasiado caro para la economía familiar: 5.000 x 2 niñas x 2 chándales que nos hacían comprar a cada una = 20.000 pesetas. Una burrada, teniendo en cuenta que hablo de 1985 y las cosas en casa estaban complicadísimas.

Total, que llegué a la conclusión que, generalmente, los uniformes son feos y, encima, caros. Así que no, gracias.

Desde hace unos meses, soy “jefa” de algo. Y tengo a mi cargo a 5 personas. Hace unos días, Elly –una working girl total, para la que “irse de compras” es ir a Massimo Dutti a ver trajes chaqueta que, sinceramente, me parecen todos iguales y la mar de sosainas- me dijo que no debería vestir “así”.

-¿Así?¿Cómo?
- Sí, “así” como tú vas. Ya sabes: vestidos cortos, estampados, escotados. Algunos muy sueltos. Vas muy informal. Y esos pantalones taaaaaaan anchos... Chica, y esos tacones...

Ummm...

Pues yo abro mi armario –mis dos armarios, de hecho- y soy feliz. Hay de todo. Muchos vestidos, largos, cortos, baby doll y otros marcones; faldas; tejanos de todos tipo... Y hace ya tiempo que tiré el único traje chaqueta gris que he comprado en mi vida. Y nunca más volverá a entrar en ellos ninguno más. Y a quien no le guste, que no mire. Y si le pica, que se rasque.